Francesca era una hormiga a la que le gustaba cantar mientras trabajaba. Hacía días que estaba recogiendo alimentos para el invierno, y estaba contenta de notar que la despensa de su colonia estaba llena. Aunque había algo que le molestaba últimamente, y es que el cuerpo no hacía más que picarle.
Ella no sabía muy bien de dónde le venía aquel picor. Sólo sabía que le alcanzaba desde las antenas hasta las puntas de las patas. Y por mucho que había revisado sus celdas y galerías buscando algún motivo que le produjera esa desazón, no era capaz de encontrar qué era lo que hacía que el cuerpo le picase.
Era un picor raro, como si se hubiera dejado acariciar por alguna planta extraña. Y por más que se mirase el cuerpo, no veía ni un solo eczema.
Era una sensación que no había vivido antes y finalmente decidió consultar a su amiga, la oruga María. A esta oruga iban muchos animales de los alrededores en busca de consejo y de tratamientos para diferentes dolencias, ya que María estaba siempre presta a escuchar y a leer con tal de aprender del cuerpo, y del alma y de los males que aquejaban a ambos.
A Francesca le daba un poco de pereza ir hasta donde estaba María, aunque sabía que era una buena idea, porque quería dejar todo preparado por si el frío venía antes de lo que podían imaginar, y quería cuidar de sus abuelas, y quería preparar unas tortillas para sus sobrinos, y quería…hacer muchas cosas que no le dejaban tiempo para ir a ver a la oruga María.
Un día, que terminó un poco antes de lo que tenía previsto, decidió ir a ver a la oruga.
- Hola Francesa – la saludó María con afecto – Te estaba esperando.
- ¿Qué me estabas esperando? ¿Y eso?
- Porque hace días que el saltamontes Aleix me dijo que tenías unos picores muy raros.
- ¡Un poco cotilla este Aleix! – Murmuró Francesca.
- Habla más alto si quieres que te oiga – Casi le riñó María, aunque le había oído perfectamente.
- Pues verás. Me noto un picor por todo el cuerpo que me pone muy nerviosa pero no sé qué es, porque además no deja ninguna rojez en mi piel.
- Bien, cuéntame qué haces un día que para ti sea normal.
- ¿Y qué tiene que ver? Me tendrías que tomar las constantes o algo así, ¿no?
- ¿Quieres que te ayude? – Dijo la oruga con paciencia.
- Tienes razón. Pues lo que hago en un día normal para mí es…… Y así es como Francesa le contó a María las tareas que se proponía a diario y que, según escuchó la oruga, siempre tenían el propósito de cuidar de los demás.
Cuando Francesca terminó de contar, la oruga se tomó su tiempo de reflexión, mientras le tomaba la temperatura y la tensión, y le contestó:
- Es fácil saber lo que tienes.
- ¿Sí?
- Sí. Lo único que tienes es que no sabes qué puedes hacer cuando no estás cuidando de alguien.
- Eso no es verdad.
- Bien. ¿Cómo te pueden cuidar a ti?
- Yo no necesito que me cuiden. – Respondió un poco airada la hormiga. – No estoy enferma.
- No es eso lo que dice tu cuerpo.
- ¿Me estás diciendo que me pica el cuerpo porque no necesito ayuda?
- Te estoy diciendo que tu cuerpo está sano, pero parte de tí no lo está tanto, porque necesitas saber qué es lo que quieres hacer tú con tu tiempo.
- ¡No tengo tiempo!
- No es verdad. Tú eliges a qué dedicas el tiempo. Y estupendo si lo que haces te hace feliz, pero los pasos son en este orden: porque me hace feliz, elijo hacerlo.
- Es que lo hago así.
- ¿Estás segura de que no haces cosas sin pensar si te apetecen o no, por el simple hecho de que te las han pedido?
Aquello hizo pensar bastante a Francesca, y se quedó en silencio, como para asimilar mejor las palabras de su amiga la oruga.
A partir de aquel momento se prometió a sí misma ser más consciente de su tiempo y del uso que hacía de él. En el momento en el que esa promesa a sí misma se grabó en su corazón, dejó de picarle el cuerpo.
Escritora, activista, formadora, conferenciante.
Una respuesta a “Francesca aprende a cuidarse”
Gracias. Una historia que te hace pensar, y es verdad tenemos que pensar un poco más en nosotras.
Me ha gustado mucho.
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