Relato ficticio de la faceta de profesor de Johannes Kepler, editado en Vinatea (2023)
- Hola, ¿cómo está? – preguntó el joven Elías conforme llegó al aula.
- Bien, ¿y usted? – contestó distraído el profesor.
- Bien. Me he permitido llegar un poco antes porque me cuesta entender las explicaciones que facilitó el último día sobre el movimiento planetario.
- ¿Cómo se llama? Ahora no lo recuerdo. – dijo el profesor a la vez que dirigía una mirada más atenta a su alumno.
- Elías, profesor Kepler.
En aquel momento Johannes Kepler giró sobre sí mismo buscando en su memoria qué había explicado en su última clase. Tantas eran las horas que dedicaba a la lectura y la investigación que en ocasiones olvidaba qué es lo que podía aportar a sus alumnos en cada clase para seguir una lógica que les ayudara a entender tanto como quería explicarles y qué tenía que esperar pues aquellas jóvenes mentes aún tendrían que hacer muchos descubrimientos para poder comprender el misterio de algunas de las cuestiones de la naturaleza del Universo.
- Verá joven, para poder entender el movimiento planetario es importante haber estudiado en profundidad a Copérnico. ¿Lo ha hecho?
- Sí profesor. He estudiado las leyes de la armonía de las esferas celestes. Con ella se puede mostrar que las distancias de los planetas al Sol vienen dadas por esferas en el interior de poliedros perfectos, anidadas sucesivamente unas en el interior de las otras.
- Bien Elías – sonrió amablemente Kepler – Veo que ha puesto atención y no ha descuidado la materia. Sin embargo, le voy a invitar a que vaya más allá.
Ambos hombres estaban de pie en la parte anterior a la grada donde en unos minutos habría varias docenas de estudiantes esperando la clase magistral de Kepler así que este se apresuró a recoger entre sus papeles unos cuantos bocetos en los que había trabajado, y a través de dibujos y fórmulas le explicó a su discípulo:
- ¿Qué ve aquí? – dijo señalando todo lo escrito en las hojas – ¿Qué cree que se puede producir en este entramado de líneas y números?
- Perdón profesor. No sé a qué se refiere exactamente.
- Bien muchacho, aquí le enseño que Dios puede ser celebrado por la astronomía – Y ante la cara de asombro de su alumno continuó – el cosmos se nos presenta como una muestra de la existencia, la sabiduría y la elegancia de Dios.
Elías se asombró de aquella explicación, calló y movió su cuerpo en dirección al pupitre desde el que habitualmente atendía en clase. No esperaba que su profesor, un hombre al que le fascinaba la física le hablase de Dios, así que trató de no parecer desagradecido por el tiempo empleado en explicarle aquello que había preguntado y se dijo a sí mismo que se daría la oportunidad de meditar sobre lo que acababa de escuchar.
Kepler fue consciente de la decepción de su alumno. Él no sabía y no quería explicar de otra forma la existencia y disposición de los planetas. Estaba seguro de que Dios era el artífice.
Ya en su despacho, tras varias horas de docencia, se disponía de nuevo sobre sus hojas en las que dibujaba sin parar. Hasta ahora había trabajado en la idea de que en la esfera interior de los poliedros perfectos se encontraba Mercurio, mientras que los otros cinco planetas (Venus, Tierra, Marte, Júpiter y Saturno) estarían situados en el interior de los cinco sólidos platónicos correspondientes también a los cinco elementos clásicos. Sin embargo, desde que había tenido acceso a los datos investigados y seleccionados por su compañero Tycho Brahe sus dudas comenzaron a darle otra forma de entender su estudio.
Sus cálculos le llevaban a pensar que los datos relativos al movimiento retrógrado de Marte tendrían una clave que todavía no era capaz de descifrar.
En aquel momento sonó un golpe de llamada en la puerta del despacho y Kepler levantó la cabeza de sus papeles. Encontró la cara perpleja aunque decidida de Elías.
- Hola muchacho. Pasa.
- Perdón profesor. Antes quizá he parecido un poco asombrado de su explicación.
- Sí. Eso ha parecido. – sonrió Kepler.
- Perdone, es que no me lo había planteado. Y por ello me gustaría pedirle perdón si le he ofendido.
- No se preocupe por ello. Las nuevas noticias siempre vienen acompañadas de sorpresa, y a veces de negación.
Elías se sonrojó ante aquella afirmación y titubeando continuó:
- Le quería plantear otra cuestión. – dijo muy azorado.
- Dígame.
- Me gustaría que me volviera a explicar su teoría sobre la existencia de Dios en la disposición de los planetas.
- Haré algo mejor. Dejaré que la descubra usted, jovencito.
La cara de Elías era de alegría contenida puesto que prefería ser cauteloso.
- Siéntese ahí – dijo el profesor señalando una silla – mire estos dibujos y dígame qué ve.
- Varias combinaciones de círculos. – dijo vacilante puesto que le parecía obvia la respuesta aunque no era capaz de llegar a una conclusión con aquellos dibujos.
- Eso es. Dios, en su infinita sabiduría ha dispuesto que los planetas describan figuras geométricas simples, de manera que comencemos probamos con los círculos para explicar la tarea que nos compete.
Elías sin estar seguro de creer que fuera solo una cuestión divina la que alcanzase a explicar la disposición de los planetas, no se atrevió a poner en duda las palabras de su profesor y se ofreció a copiar los dibujos que mostraban aquellas extrañas circunferencias para poder estudiarlos en sus ratos libres.
Muchas horas de muchos días utilizaron Elías y su profesor en tratar de desentrañar el misterio que les ocupaba, primero con círculos, más tarde con óvalos y por último con elipses. Esa última forma fue la que se constituyó como definitiva para que el profesor explicara en sus clases y en sus escritos el movimiento de los planetas. Una explicación que a primeros del siglo XVII supuso toda una revelación y que Kepler recogió en tres leyes en las que habló de movimiento elíptico alrededor del Sol, tiempos y espacios de las órbitas y medidas de las distancias recorridas.
Los mayores beneficiados fueron sus propios alumnos, que como el joven Elías, querían saber más y es que el profesor Kepler era capaz de provocar las ganas de aprender más, de investigar, de no creer sin más en lo que ya está estudiado y plantear nuevas posibilidades. Metodología que llevó a cabo a pesar de sus profundas convicciones religiosas.
Elías, que tras graduarse mantuvo el contacto con su profesor, al igual que otros estudiantes a los que Kepler había motivado especialmente en su gusto por la astronomía, fue testigo de la publicación Tabulae Rudolphine de su profesor. Lo que ninguno de ellos sabía es que aquel manual fue durante más de un siglo el que se utilizó en diferentes países para calcular las posiciones de los planetas y las estrellas.
En los últimos años de vida de Kepler aun recibía las visitas de Elías, y compartían avances en sus diferentes estudios.
- Buenos días – saludó un ya maduro Elías al ama de llaves de su profesor. – ¿cómo está hoy?
- Parece que está con la cabeza un poco más despejada, aunque por favor, trate de no cansarle con esos dibujos que tiene en la mesa, que después concilia muy mal el sueño.
- Descuide, que hoy no trabajaremos mucho – sonrió Elías conforme avanzaba a la sala donde le esperaba Kepler. Le llamaba la atención todavía la afición de su profesor por dibujar todo aquello en lo que trabajaba.
- Buenos días, profesor.
- Hola muchacho. Quiero enseñarle algo – se dirigió a su antiguo alumno con el mismo saludo de todos los años que habían compartido y sin preámbulo para las fórmulas de cortesía.
Elías se acercó despacio a la mesa que le señalaba Kepler y vio en aquellas hojas varios dibujos de la Luna y los mares, y muchas líneas curvas y rectas. Miró a su profesor esperando una nueva sorpresa: una revelación a la que sólo podía llegar aquel hombre que dedicaba tantas horas a investigar como a compartir lo descubierto con sus discípulos.
- Las mareas vienen motivadas por una atracción que la Luna ejerce sobre los mares – anunció muy sonriente Kepler.
- Ya veo – comentó Elías sin mostrar la perplejidad que le producía aquella afirmación. Y se dedicó a escuchar todas las explicaciones de su profesor durante dos horas.
Cuando Elías salía de la casa de su profesor, le comentó al ama de llaves que sin duda Kepler ya no regía igual que antes puesto que mezclaba la realidad con cuestiones fantásticas. Los dos se despidieron con pena dando por supuesto que el profesor perdía la cabeza poco a poco.
Años después, cuando ninguno de ellos pudo conocerlo, otros estudiosos de las fuerzas del Cosmos dieron la razón a aquella frase de Kepler, y es que algunos maestros sueñan más de lo que la realidad les permite y algunos alumnos necesitan muchas pruebas para atreverse a soñar.
Escritora, activista, formadora, conferenciante.