Escribir es mirar al mundo, y publicar, comunicar el resultado de esa mirada. Almudena Grandes

Relato ganador del I Concurso de Relato Breve San Valero 2021 publicado en la obra Inmortal

La calle Alfonso es una de mis preferidas de la ciudad en la que vivo. Esta calle pequeña, de
pocos más de 400 metros, alberga recuerdos de mi vida en las diferentes etapas que soy capaz
de sentir. Cuando era pequeña, la recuerdo siempre embotada de tráfico. Yo, entonces, no
vivía en la ciudad, y cuando veníamos, era visita obligada ir a ver a la Virgen. Mi padre siempre
se empeñaba en ir en coche, y al pasar por la calle Alfonso, protestaba, rezongaba, y estaba
enfadado para un buen rato. Luego, venía el tema de aparcar en la Plaza del Pilar. Otra odisea,
como decía mi madre.
A los años, al comenzar la Universidad me vine a vivir a Zaragoza. Y entonces la calle Alfonso
era a la que no íbamos, porque era donde tomaban café las señoras con sus collares de perlas.
Y es que, cuando teníamos 18 años, todas las señoras que tenían más de 40,
automáticamente, nosotros les pintábamos un collar de perlas. En aquellos años fue el
momento de peatonalizar la calle. Aquello la hizo cambiar. Tanto, como que la zona del Casco
se hiciera una zona de bares en los que estar por la noche. De marcha, lo llamábamos.
En Zaragoza, imagino que en otras ciudades también, había zonas por las que salir según tus
preferencias musicales, estética y edad. Eran unos grupos no escritos, pero que todas y todos
sabíamos. El mío era el Casco. Y entonces, la calle Alfonso, era la calle seria que separaba el
mundo de la noche de un tipo de bares y otro.
La calle Alfonso, en la que aprendí a manifestarme, porque todas las protestas estudiantiles (y
después descubrí que otras también) comenzaban en la plaza Aragón o en San Miguel y
terminaban en la plaza del Pilar, ¿cómo no?, pasando por Alfonso, que es como le llamamos a
esa calle en esta ciudad. Sólo el apellido.
También era paso obligado en el Pregón de Fiestas. Y de cualquier paso de comitiva, aunque
claro, según la edad, te fijas en unos o en otros. Y según gustos, supongo. Yo, la sigo asociando
a las fiestas de mi ciudad.
Más tarde la vi, con los ojos de mi suegra, cuando me contaba que era el lugar donde todas
querían comprarse la ropa en los años 50 y 60. Entonces fue cuando comencé a fijarme en que
los edificios de la calle pueden guardar un sabor diferente…y aprendí a valorar la arquitectura modernista que construye la calle, rota a veces por edificios más modernos, que no terminan
de formar parte del conjunto.
Y en su belleza, su valor. Aunque no el único de ellos. Porque el más importante es cuántas
veces ha sido testigo de tantas cosas. Desde los trasiegos de las familias adineradas en el siglo
XIX y primeros del XX, como describe Dolores de Irisarri en su Romance de Ciego, hasta la
figura de Antonio Arramayona, pidiendo que la escuela pública sea gratuita, laica y para todas
y todos.
Ahora, la calle Alfonso está triste, con más locales de franquicias y de comida rápida que
comercios tradicionales; sin los puestos callejeros, en los que disfrutar de música, magia,
malabares… Otros tiempos llegan, y la calle Alfonso se volverá a reinventar a sí misma. Y
nosotros, seguiremos caminando por ella.